SUBASTA 72
Exhibición: 22 al 29 de septiembre.
Acto de subasta: 1ero de octubre.
Torre Corp Banca, PH. La Castellana.
Cinco décadas pulsando el mercado del arte
En Venezuela la historia de las subastas públicas de obras de arte comienza en la Sala Mendoza. En agosto de 1957, a un año de su inauguración como Sala de Exposiciones de la Fundación Mendoza, se lleva a cabo la primera subasta de este país con el propósito de incorporar a la dinámica cultural de una nación en pleno desarrollo, un mecanismo de intercambio de obras de arte cuyas bondades ya eran celebradas en muchas partes del mundo.
Para esta ocasión sería Alejo Carpentier el encargado de presentar en su catálogo esta experiencia pionera, así como de señalar muchas de sus cualidades y beneficios .
«Esta subasta (…) constituye un acontecimiento de capital importancia en la historia del centro artístico que es ya Caracas –una Caracas adulta, donde se atesoran algunas de las más ricas colecciones pictóricas del Nuevo Mundo», a lo que añade, «gracias a la subasta puede el coleccionista renovar su colección, centrar lo en un estilo –si tal es su propósito-, deshacerse de una pieza estimable y valiosa, pero que no acaba de ubicar se armoniosamente entre otras piezas de distinto carácter (…) La subasta es sistema de intercambio, factor de renuevo, facilidad concedida al aficionado, al coleccionista, para adquirir, ofrecer, cambiar –incluso: pulsar la demanda.»1
Para aquel entonces el mercado del arte tenía la particularidad de estar conformado por artistas europeos, latinoamericanos y venezolanos, aunque los extranjeros protagonizaban la escena. Esto se debió a que muchos coleccionistas adquirían sus piezas en sus constantes viajes al extranjero; pero más decisivo aún fue la importante presencia en nuestro medio de galerías y marchands, principalmente europeos, que venían a Venezuela a vender sus obras a los mejores postores, por cuanto el país contaba con numerosos recursos en un momento en el que el mercado internacional de la posguerra se encontraba deprimido en busca de nuevos horizontes.
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La iniciativa de una subasta de arte en Caracas fue promovida por Pedro Vallenilla Echeverría y Justino de Azcárate, –dos de los miembros principales del Comité de la Sala de Exposiciones de la Fundación Mendoza de aquella época,– con el propósito de facilitar el intercambio entre los ya importantes coleccionistas locales y ofrecer un mecanismo fundamental para lo que sería, al paso de los años, un dinámico mercado del arte.
La Sala Mendoza pronto se convertiría en la casa de subastas de Venezuela, gracias a la calidad de las obras ofertadas y a la seriedad del mecanismo como se ofrecían al público interesado; cualidades que se han mantenido en esta institución, y que han hecho posible que todavía hoy sea el espacio de intercambio de obras de arte más respetado y con mayor tradición en el país.
A lo largo de casi cinco décadas ha contado en el rol de martillo con la colaboración de numerosas personalidades vinculadas a la cultura. Vale la pena recordar entre ellos a Miguel Otero Silva, Alejo Carpentier, Jesús Mayz Lion, Miguel Alfonzo Ravard, Ras, Roberto Benaim, Clara Diament de Sujo, Luis Alfredo López Méndez, Humberto Jaimes Sánchez, Pedro Ángel González, Alejandro Otero, Justino de Azcárate, Axel Stein, Jorge Délano, y Ariel Jiménez.
Por la subasta de la Sala han pasado los artistas venezolanos más importantes así como numerosas figuras internacionales , por lo que es posible trazar una historia del mercado del arte en el país a partir de ella.
Uno de los aspectos más notables sucedidos en éste fue el paso de una marcada presencia de artistas internacionales —durante los años 50— al protagonismo absoluto de los artistas locales. Varias razones podrían establecer el fundamento de este fenómeno. Por una parte, desde el momento en que los artistas del Círculo de Bellas Ar tes y la Escuela de Caracas adquieren una dimensión de carácter histórico, a mediados de los años 60, estos pasan a ser codiciados en el medio y se consolidan como los grandes maestros. A esto se le suma el hecho de que la producción artística en Venezuela en los años 60 es abundante y el mercado se encuentra abastecido constantemente, tanto por los maestros venezolanos como por los artistas más contemporáneos, a diferencia de lo que comienza a suceder con las obras de los artistas extranjeros que ya no son ofertadas en la misma cantidad; una vez recuperado el mercado internacional, Venezuela ya no era un destino prioritario.
A este panorama se le suma el hecho de que el coleccionista venezolano, a semejanza de cualquier otro, tiende a manifestar cierta preferencia hacia su contexto cultural. Como consecuencia, el mercado nacional desde los años 60 hasta la actualidad ha mantenido una estabilidad sorprendente por la presencia constante y reiterada de muchos artistas, quienes han gozado de la preferencia de los coleccionistas.
Es importante destacar que a partir de los años 80 se produce, en el contexto internacional, el boom latinoamericano que generará gran interés por los artistas plásticos del continente, con lo cual se abre un nuevo mercado internacional de subastas, que por un lado se convierte en una plataforma para los artistas locales, y por otra se traduce en una severa competencia para el mercado interno. Un caso relevante es el de Armando Reverón —quizá la figura seminal del arte en Venezuela en el siglo XX, y hoy en día uno de los artistas latinoamericanos más importantes—, pues a pesar de ser uno de los más codiciados resulta difícil conseguir una pieza suya en el mercado local. Ya desde el año 1957 se cotizaba a precios que rompían récord de venta, tal como sucede hoy en día dentro y fuera del país.
En el mapa de las subastas en Venezuela han destacado en su calidad de protagonistas los pintores académicos como Arturo Michelena, Cristóbal Rojas, Antonio Herrera Toro, Martín Tovar y Tovar, Tito Salas; los maestros Emilio Boggio, Federico Brandt, Manuel Cabré, Marcos Castillo, Tomás Golding, Rafael Monasterios, Luis Alfredo López Méndez; y los artistas modernos y contemporáneos Francisco Narváez, Héctor Poleo, Alejandro Otero, Armando Barrios, Jacobo Borges, Oswaldo Vigas, Alirio Palacios, Alirio Rodríguez, Humberto Jaimes Sánchez, Manuel Quintana Castillo, Mario Abreu, Jesús Soto, Carlos Cruz-Diez y Ramón Vásquez Brito, entre otros.
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El mercado del arte es un fenómeno pendular y en ocasiones voluble, caprichoso, producto de diversas variables que no dependen exclusivamente de los factores económicos sino también de otros, de índole curatorial, que permiten revalorar, revisitar o legitimar artistas o tendencias aún no consideradas en su justa dimensión.
En años recientes creadores como Bárbaro Rivas y Elsa Gramko surgieron en un mercado local, al igual que el excepcional caso de Gego, quien en muy pocos años se ha posicionado de manera contundente en el mercado internacional. Paralelamente, artistas que aún no han logrado un lugar significativo en el mercado —a pesar de que ya ocupan un sitio destacado en la historia del arte venezolano— han comenzado a integrar se al mismo como consecuencia de una actividad siempre en expansión.
El reciente fenómeno de mercado de los artistas de las tendencias abstracto-geométricas, le ha dado también, en muy pocos años, un nuevo sesgo al coleccionismo en el país, y por ende, a la puesta en circulación de obras de artistas hasta ahora poco cotizados, pues si bien Soto, Cruz Diez, Otero y Víctor Valera, fueron por mucho tiempo privilegiados, otros creadores como Mercedes Pardo, Gerd Leufert o Nedo M.F., entre otros han comenzado a tener gran demanda. A esto se suma la incorporación de artistas mucho más contemporáneos, como Eugenio Espinoza, Roberto Obregón o Sigfredo Chacón, quienes desde las ver tientes del conceptualismo o de la práctica
pictórica desarrollaron una obra cuya valoración se encuentra en alza.
A lo largo de todos estos años el mercado local ha experimentado la incorporación de otras iniciativas en la actividad de subastar obras de arte, y ha contado con la presencia de galerías comerciales y ferias de arte que han dinamizado la escena.
En este contexto la Sala Mendoza sigue siendo una referencia ineludible en cuanto al mercado del arte se refiere , no sólo a través de sus subastas sino también a través de su participación en ferias de arte nacionales e internacionales y de su programa Coleccionables, el cual surgió en el año 2002 como una alter nativa a la tradicional subasta, y con la finalidad de continuar estimulando el intercambio de piezas de arte, a través de conjuntos notables de obras que destacan como dignas de ser coleccionadas. Es así como numerosas colecciones públicas y privadas siguen encontrando en la Sala Mendoza un espacio indispensable para la conformación de sus patrimonios.
Conscientes de la importancia que representa para nuestro país la continuidad de sus instituciones, y de la responsabilidad que tiene la Sala Mendoza como espacio cultural , al arribar a sus cincuenta años nuevos retos se ciernen sobre la misma.
Esta Subasta 72 que ahora celebramos es una ocasión significativa para establecer un corte en su actividad tradicional, con el propósito de satisfacer las demandas que exigen las dinámicas contemporáneas a través de un proceso de actualización y redimensión de esta práctica de cara a un futuro inmediato.
1 . Alejo Carpentier, Subasta de cuadros de pintores antiguos y modernos. Sala de Exposiciones Fundación Eugenio Mendoza, agosto 1957, pp. 1 y 2. |